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| La vida familiar en las Seychelles |
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Héctor T. Arita
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Nadie está dispuesto a sacrificar su vida por la de una sola persona, pero todos la sacrificarán si con ello pueden salvar más de dos hermanos, o cuatro medio hermanos u ocho primos...
W. D. Hamilton |
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Las hembras del carricero1 de las Seychelles (Acrocephalus sechellensis) parecerían ser las hijas modelo. Estas aves, originarias de la nación insular de las Seychelles, situada en el océano Índico al norte de Madagascar, forman una suerte de familias extendidas para la crianza de los polluelos. Las hembras jóvenes permanecen por un tiempo en el territorio donde nacieron, ayudando a sus padres en el cuidado y alimentación de las crías, que vienen siendo sus hermanos o hermanastros pequeños. Por el contrario, aunque existen excepciones, la mayoría de los machos carriceros abandonan su territorio natal y no participan en la crianza de sus hermanitos.
Este patrón de comportamiento puede ser explicado razonablemente a la luz de la sociobiología, el estudio biológico y evolutivo de la conducta social de los animales (y de las plantas, algunas de cuyas estrategias de vida pueden considerarse como “comportamiento”). Uno de los pilares de la sociobiología es el concepto del “gen egoísta”, término acuñado por Richard Dawkins a finales de los años setentas para describir el proceso mediante el cual los genes “manipulan” el comportamiento de los organismos para maximizar la cantidad de copias de sí mismos en futuras generaciones. Llevando el concepto a un extremo, los seres vivos no serían otra cosa que máquinas diseñadas y perfeccionadas por la selección natural para producir copias y más copias de los genes que contienen. El comportamiento de los individuos estaría regido por estrategias encaminadas a llevar al máximo su propia “adecuación” darwiniana, medida como la cantidad de copias de sus propios genes en las generaciones futuras. A pesar de ser una teoría muy controvertida, especialmente cuando se intenta explicar con ella el comportamiento social humano, la sociobiología ha sido capaz de explicar en forma plausible la mayoría de los patrones de conducta animal conocidos, resolviendo incluso algunas aparentes paradojas.
El caso de los carriceros de las Seychelles representa, por ejemplo, una aparente contradicción a la idea de los genes egoístas. Si en verdad las hembras de los carriceros son individuos egoístas que sólo buscan su propia reproducción como una vía para crear más copias de sus propios genes, entonces ¿por qué invierten tiempo y energía en ayudar a sus padres en lugar de establecer sus propios territorios y reproducirse por sí mismos?, ¿cómo puede explicar la sociobiología éste y otros casos de altruismo? La clave para resolver estos enigmas evolutivos se sustenta en la idea de la “adecuación inclusiva” de W. D. Hamilton.
A la edad de veintiséis años, Hamilton publicó un par de artículos teóricos (1963 y 1964) en los que demostraba matemáticamente cómo un individuo podía aumentar su propia adecuación draconiana (recordemos, medida como la cantidad de copias de sus propios genes en generaciones subsecuentes) ayudando a parientes cercanos a sobrevivir y reproducirse. A final de cuentas, razonó Hamilton, un individuo comparte en promedio la mitad de sus genes con cualquiera de sus padres y una cuarta parte de aquéllos con un hermano. Bajo ciertas circunstancias, que Hamilton analizó con modelos genéticos, un individuo puede generar más copias de sus propios genes colaborando en la reproducción de sus padres, hermanos u otros parientes que reproduciéndose él mismo. En estos casos, los individuos no maximizan su adecuación directa, sino su adecuación inclusiva, que incluye las copias de sus genes que pasan a las siguientes generaciones a través de la reproducción de sus parientes. En condiciones particulares, el modelo puede explicar también casos de aparente altruismo aun cuando los individuos involucrados no están emparentados directamente.
La vida en familia entre los animales se presta de forma particularmente adecuada para poner a prueba algunas predicciones basadas en el modelo de la adecuación inclusiva. En uno de los estudios más detallados que se han realizado hasta la fecha, Stephen T. Emlen y sus colaboradores han descrito meticulosamente la compleja vida familiar de los abejarucos africanos (Merops bullockoides) en Kenia. Estas vistosas aves africanas viven en grandes colonias que consisten en numerosos nidos habitados por familias extendidas que incluyen individuos de varias generaciones, todos emparentados entre sí. Cuando Emlen y sus colegas comenzaron sus estudios, se pensaba que el mecanismo de vida de estos pájaros era muy sencillo: debido a las reglas de la adecuación inclusiva, simplemente era más conveniente para los individuos jóvenes permanecer en grupos familiares y colaborar en la crianza de los polluelos. Cuando las condiciones se prestaran, los jóvenes simplemente podían independizarse, buscar su propia pareja y establecer sus propios nidos.
A medida que el estudio avanzaba, sin embargo, Emlen y su grupo documentaron una serie de comportamientos complejos que rompieron con el modelo de la familia “feliz”. La forma más sencilla de describir estas conductas es usando términos que se aplican a familias humanas. Así, Emlen y sus colegas documentaron numerosos casos de infidelidad, agresiones contra hijastros, competencia entre hermanos o hermanastros, bloqueo de los “tíos” a la reproducción de las hembras más jóvenes y hasta casos de “alta traición”. Los investigadores pudieron observar, por ejemplo, que algunas hembras jóvenes encargadas de la vigilancia de un nido podían reemplazar el huevo puesto por una hembra más vieja por un huevo propio, producto de una furtiva incursión a un nido ajeno a la familia. Todos y cada uno de estos patrones conductuales pueden explicarse por la sencilla lógica de la adecuación inclusiva. Por ejemplo, en el caso de las hembras jóvenes, si se presenta la oportunidad, es más conveniente colocar su propio huevo que ayudar a la crianza de un huevo de un pariente, ya que un hijo propio tendrá más genes en común con la madre que un polluelo puesto por otra hembra.
Una de las críticas que se han hecho a la sociobiología es que, por la forma en la que se plantean los modelos y se presentan los resultados de los estudios, parecería que la teoría implica que los animales tienen alguna forma de calcular el grado de parentesco con otros individuos y de estimar cuantitativamente los costos y beneficios de sus acciones. Sin embargo, tal como lo expresó Dawkins en un ensayo mordaz y sarcástico publicado en 1979, los individuos no tienen que realizar ningún cálculo, simplemente la selección natural moldea aquellos patrones conductuales que maximizan la adecuación. Así como un abejaruco no necesita conocer los modelos de dinámica de fluidos o aeronáutica para poder volar, tampoco necesita haber leído los artículos de Hamilton para, maquiavélicamente, urdir complicadas intrigas que le permitan maximizar su propia adecuación. De igual forma, así como un carricero de las Seychelles no necesita estar versado en óptica para poder ver a través del complicado diseño de sus ojos, las hembras de esta especie no necesitan de una computadora personal para decidir si quedarse a auxiliar a sus padres en la crianza o mejor establecer sus propios nidos.
Recientemente se han reportado detalles asombrosos del sistema familiar de los carriceros de las Seychelles. Se sabía ya que las familias extendidas tienen más éxito en los territorios ricos en recursos. En ellos, la presencia de hembras jóvenes que ayudan en la crianza incrementa sensiblemente el éxito reproductivo de los padres, aumentando así la adecuación inclusiva de todos los participantes. Por el contrario, en territorios de baja calidad, las hembras jóvenes disminuyen la adecuación de los padres, ya que su presencia representa una competencia por los de por sí magros recursos del territorio. Hay que recordar también que los machos jóvenes generalmente abandonan su territorio natal para buscar sus propios sitios de anidación. Con esta información es fácil ver que desde la perspectiva de los padres sería más ventajoso producir crías hembras en territorios de alta calidad, para obtener ayudantes en futuras nidadas, y resultaría mejor producir crías machos en territorios de baja calidad, para evitar la competencia con las hembras jóvenes y de todas formas obtener adecuación a través de la producción de hijos machos. Obviamente, este sencillo cálculo de costos y beneficios debería tomar en cuenta la presencia y número de ayudantes presentes en los territorios.
J. Komdeur y sus colaboradores usaron marcadores genéticos para determinar el sexo de los huevos en territorios de baja y alta calidad, con y sin ayudantes. Asimismo, realizaron experimentos en los que movieron parejas reproductivas de territorios pobres a ricos o viceversa. Los resultados del grupo de investigación confirmaron las predicciones basadas en el modelo de adecuación inclusiva. Por ejemplo, las parejas que no contaban con ayudantes pero que estaban en territorios pobres produjeron 77% de crías machos, mientras que sólo 13% de los huevos contenían crías machos en territorios de alta calidad. Los resultados de los experimentos confirmaron la hipótesis básica: las parejas de carriceros pueden, de alguna manera, manipular el sexo de sus crías para aumentar su adecuación. Cuando necesitan ayudantes y el territorio es suficientemente rico, se producen huevos con embrión de hembra; cuando no conviene a los padres tener hembras, ya sea por la pobre calidad del territorio o por la presencia de otras hembras, se producen huevos con embrión de macho. Toda esta complicada estrategia se ajusta perfectamente al modelo de la adecuación inclusiva.
En marzo de este año, un boletín de prensa de la Associated Press informó de la muerte de W. D. Hamilton. El creador del modelo de la adecuación inclusiva murió de malaria, enfermedad que había contraído en África mientras realizaba investigaciones sobre el origen del virus del sida. A sus sesenta y tres años, Hamilton tuvo la oportunidad de ser testigo de cómo su teoría encuentra cada vez más apoyo empírico en las investigaciones sobre la conducta social de los animales. La evidencia acumulada hasta ahora muestra que aun patrones conductuales muy complejos pueden ser explicados en términos del modelo desarrollado por W. D. Hamilton en su juventud.
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Notas.
1. “Carricero” es el nombre que se usa en España para las aves del género Acrocephalus, de la familia Sylviidae del Viejo Mundo. En inglés estos pájaros son llamados warblers, mismo nombre que se usa para algunas especies de la familia Parulidae del Nuevo Mundo, conocidas en México como chipes.
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Referencias bibliográficas
Emlen, Stephen T. 1995. “An evolutionary theory of the family”, Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America 92, pp. 8 /092-8/ 099. Revisión técnica sobre el proceso de formación de familias animales y humanas bajo la luz de la sociobiología.
Hamilton, W. D. 1995. “The genetical evolution of social behaviour. I & II”, Theoretical Biology 7, pp. 1-52.
Hively, W., “Family man”, Discover Magazine, octubre de 1997, pp. 80-90. Reportaje no técnico acerca de las investigaciones de S. T. Emlen sobre el abejaruco africano.
Komdeur, J., S. Daan, J. Tinbergen y C. Mateman. 1997. “Extreme adaptive modification in sex ratio of the Seychelles warblerís eggs”, Nature 385, pp. 522-525. Reporte técnico sobre la manipulación del sexo de los huevos del carricero de las Seychelles.
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Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo → Arita, Héctor T. (2000). La vida familiar en las Seychelles. Ciencias 58, abril-junio, 22-25. [En línea]
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Observaciones sobre las viruelas y la manera de prevenirlas. Carta II
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Ramón Aureliano Alarcón
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Continuando con la lectura del misionero jesuita sobre los tratamientos que aplicaban los habitantes de la China para remedio de tan funesto mal y que esperamos nos preserven de los achaques que pueda padecer nuestra máquina, exponemos los siguientes remedios que el padre Entrecolles remite en su Carta edificante. Antes de transcribir lo relatado por el ilustre jesuita prefiero agradecer la generosidad de los editores de esta Gaceta por dar a la luz estas observaciones. No por carecer de algún buen entender me atengo a las luces de aquellos célebres sabios que en los días que corren tienen “verificados descubrimientos físicos, porque indagan los efectos de la naturaleza por el camino más seguro, cual es la observación esacta y libre de preocupaciones”. Justifiquemos más estas reflexiones con algunas experiencias más decisivas del sabio Br. don Joseph de Alzate, cuya fama e interés en sus gacetas y otros escritos suyos atraen en estos días a varios ingenios penetrantes. Pues que el “solicitar arbitrios para prolongar la vida de los hombres, proporcionarles medios para que se liberten de las asechansas de la muerte, cuando esta no es natural, son oficios propios del hombre.
Con mayor empeño los deben de ejecutar los que se dedican á instruir al publico por cierta especie de impresos... Pero raro es el que escucha a sus semejantes que aclaran o perfecciona algun arbitrio útil; el amor propio que nos ciega, el partido que se toma por interés, u otros motivos semejantes, son otras furias que intentan sofocar cualquiera producción útil y provechosa á la humanidad...”
Quedando hasta aquí la cita del sabio, expondré ya lo asentado por el jesuita Entrecolles: “Para salir bien con el methodo de ingerir las viruelas, se han de escoger las escamas de la mejor calidad: necesitan las escamas frescas de algun temperamento para templar su acrimonía, y consiste en que se corta en trozos la raíz de la escorzonera: se le añade un poco de regaliz, y se echan ambas en una porcelana de agua caliente: cubrese el vaso con la gassa fina, y sobre ella se dexan por un rato las escamas de las viruelas, puestas al suave vapor de agua, y de los ingredientes: luego se quitan de allí, y se ponen a secar. Adquieren de esta manera el grado y temperamento que conviene. Las costras, guardadas por el espacio de un mes, ó más, no necesitan de esta preparación: basta templarlas con la suave transpiracion de un hombre, que goza de una buena salud, que las lleva consigo por algún tiempo antes de servirse de ellas. Observese que las costras, tomadas del tronco del cuerpo, del pecho, de las espaldas, etc. son las mejores: y guardese bien de no servirse de las que estaban en la cabeza, cara, pies, y manos. Si se quiere ingerir en seco las viruelas, tomese el capullo de un gusano de seda, y pongase en él las costras necesarias: luego insinuense en la nariz izquierda si es muchacho, y en la derecha si es muchacha: alli se dexaran solamente por tres horas. tro modo hay tambien de ingerir las viruelas: Se toman las costras echas polvo, se mexclan en un poco de agua tibia, y se hace una composición espesa: se encierra esta pasta en un envoltorio de algodon delgado, se pone en la nariz del niño o niña, dexando alli por seis horas. No tardará mucho en sobrevenir la calentura, y al sexto día se verán las señales de las viruelas. Se secarán los granos, y caerán en el espacio de doce días. Ara bañar en agua las (costras), se ha de hacer con un palo de morera: generalmente en la China se sirven de esta madera para limpiar todas las medicinas” (reproduzco un dibujo de dicha planta tomado de un tratado que tuve a la vista). Añade el padre Entrecolles: “En seis ocasiones no se deben ingerir las viruelas: primero, si el niño no tiene un año cumplido: segundo, si es un joven, que ha entrado en diez y seis años de edad: tercero, si el sugeto tiene alguna enfermedad exterior: cuarto, si tiene alguna indisposición interior: quinto, en el Verano, y en los grandes calores: sexto, cuando la semilla no es de buena calidad”. Enseguida el jesuita reflexiona sobre las sutilezas de la última receta, pero no por cansar al amable lector y sin restar fuerzas a las observaciones del ilustre autor, dejemos para otro papel aquellas reflexiones. Paso a la última receta: “me ha sido dada en forma de un pequeño libro manuscrito, y dividido en artículos: su titulo es: Tchaung teo kan fa: lo que quiere decir, Reglas que se debe guardar ingiriendo viruelas. El niño a quien se ingieren, ha de ser sano, robusto, y libre de toda enfermedad: segundo, se assegura si la sutura esta perfectamente reunida, y cerrada: y assi no se debe intentar sembrar las viruelas, hasta que el niño tenga tres años, y teniendo mas de siete, no se debe hacer la experiencia: tercero, ha de estar el niño exempto de enfermedades interiores, y habituales, sin que tenga en parte alguna del cuerpo, sarna, apostema, empeyne, ni ligeras ebulliciones de sangre, para que su vientre no este demasiado suelto: cuarto, guárdese bien de ingerir las viruelas, si el niño mira muchas veces al través, como si estuviera bizco, si la parte de la oreja cercana a las sienes es dura, mucho menos si es sordo, si tiene la nariz tapada, y si orina con dificultad. Creen los Chinos que las referidas señas pronostican, que vivirá poco el niño. Quinto: seria una tentativa inutil, si tuviera el niño grandes ojos, á los quales saltasse la carúncula, o lagrimal, situado en el rincon del ojo, ó si tuviera el Hircus terminando en punta, y no es redondo, como en los demás de los hombres: sexto, la estación de los grandes calores, ó excesivos frios, seria contraria á la operacion, como tambien si reynan enfermedades, si el tiempo es irregular, demasiado seco, humedo, o nublado. Advirtiendo que tiene el niño las disposiciones necesarias, se le ha de preparar con una bebida propia a disipar la malignidad, o a purificar la sangre, y los humores del cuerpo; y diez, u once días despues de este remedio, se ingerirán las viruelas, y no antes”. El padre jesuita pasa a describir la mezcla de la bebida “propia a disipar la malignidad” mediante el uso de distintas plantas como guisantes negros, guisantes verdes... métodos que por sí mismos y cuyas composiciones relacionadas a los síntomas necesitan una explicación más amplia y motivo de otras observaciones, antes de bien alabar la excelencia de sus remedios, y si corresponde el suceso a sus promesas a pesar de las dudas que expone el jesuita Entrecolles. Pero remitimos al lector a otra Carta edificante, ésta escrita por fray Ángel Antonio Núñez de la Orden de San Francisco desde la misión de Sta. María de Bacerac en los fines de Sonora: “Quien con razon alguna podra afirmar, que en quanto á las hiervas medicinales que en otras regiones existen, no las habra las mismas tambien en otras regiones, y quando no otras que tengan las mismas cualidades? Quien me podra asegurar, que ha habido algún Botanico, ó Herbolario tan subtil, que haya investigado las hiervas medicinales de todo el mundo, para poder afirmar que se hallan solo en unas Regiones, y no en todas? Lo cierto es que todos los que han escrito de hiervas medicinales las han allado en las partes en donde han habitado: mas si ahora muchas de ellas no parecen, no es el motibo el que no las haya sino la falta de semejantes hombres: El no haber otros, que no solo no conozcan las hierbas mismas, sino que aun ignoren los nombres de ellas que o los antiguos las pusieron á su advitrio, ó se han corrompido en el discurso del tiempo”.
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| Referencia bibliográficas (faltan) | ||||
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Ramón Aureliano Alarcón
Instituto Mora.
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como citar este artículo → Aureliano Alarcón, Ramón. (2000). Observaciones sobre las viruelas y la manera de prevenirlas. Carta II. Ciencias 58, abril-junio, 47-48. [En línea]
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| La llegada del eucalipto a México |
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Nina Hinke
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La introducción del eucalipto en México se ha dado por etapas, y en cada una de ellas su propagación ha obedecido a distintos fines. En el último tercio del siglo pasado fueron los médicos quienes impulsaron la aclimatación del eucalipto en el valle de México con el fin de "sanear" la ciudad y reducir los casos de malaria. Las fiebres frecuentes y otras "afecciones palustres" preocupaban seriamente a los médicos y a las autoridades. Con el fin de determinar científicamente las causas que propiciaban el aumento de estas enfermedades y la manera de combatirlas, la Academia Nacional de Medicina ofreció un premio de quinientos pesos.
El doctor De Bellina, cuyo escrito mereció el reconocimiento de la Academia por su excelente exposición acerca de los principios generales de la "buena higiene", opinaba que el incremento en los accidentes palustres era consecuencia de la degradación de las condiciones sanitarias de la ciudad y, en particular, de la acumulación de aguas estancadas debido a la falta de limpia de las atarjeas y a la escasez de drenaje, lo cual había propiciado la acumulación de miasmas. Para combatir las enfermedades era necesario desecar las zonas pantanosas y plantar numerosas hileras de árboles. En su estudio, De Bellina recomendaba el uso de eucaliptos, en particular las especies Eucalyptus gobulus, Blue gum. y Gunii, que ya habían sido empleadas con éxito en lugares como Argel, Barcelona, Cádiz y en varias ciudades de Italia y Córcega.
Mucha de la información en torno al eucalipto había sido recopilada con fines estratégicos por los médicos militares establecidos en Argelia. Gracias a la plantación de esas especies habían logrado reducir los casos de malaria que hacía verdaderos estragos entre sus filas y ponía en peligro la empresa colonial. En aquella época ya se habían sembrado en Argelia quince millones de árboles.
Con esas experiencias y otros datos, De Bellina calculó que para sanear el valle de México era necesario plantar cincuenta y dos millones seiscientos cincuenta mil árboles.
La idea de plantar eucaliptos para mejorar las condiciones sanitarias del valle de México y de combatir las enfermedades no era novedosa entre los científicos mexicanos, pues ya en 1874 se había nombrado una comisión en el Consejo Superior de Salubridad, institución encargada de regular y vigilar los asuntos de la salud pública, para dictaminar sobre el efecto higiénico y los posibles usos medicinales de Eucalyptus globulus. La comisión había concluido que la introducción del árbol originario de Australia a suelo mexicano sería muy provechosa, ya que la experiencia mostraba "que en las comarcas malsanas en donde los pantanos abundan y dan nacimiento a miasmas que dan muerte a un gran número de habitantes produciéndoles el envenenamiento pernicioso, [...] la plantación de Eucalyptus las transforma en lugares sanos y ricos".
Aunque parezca raro, estas ideas eran compartidas por toda la comunidad científica de la época y estaban sustentadas en una teoría de la enfermedad coherente. Los causantes de las enfermedades eran los miasmas que se originaban preferentemente en los lugares pantanosos donde había agua estancada y descomposición de materiales tanto de origen vegetal como animal, y generalmente se les podía reconocer por su mal olor. La mejor manera de combatir la acumulación peligrosa de los miasmas era fomentar la circulación, tanto de las aguas estancadas como del aire, y promover la aireación de la tierra y el empleo de antisépticos.
Las mejores medidas preventivas en contra del peligro de la acumulación de las emanaciones nocivas eran drenar, ventilar y purificar, y el eucalipto poseía características que le permitían contribuir a ello. El doctor De Bellina afirmaba que sus raíces "perpendiculares y fuertes que absorben en grado superior el agua, y que perforan profundo el suelo", hacían desaparecer el exceso de humedad y fomentaban la filtración de aire y agua en la tierra, y "la calidad prodigiosa e incomparable de sus hojas" que esparcen en la atmósfera "cantidades enormes de vapores acuosos, oxígeno y efluvios balsámicos" purificaban el aire. La acción antiséptica del eucalipto residía principalmente en el bálsamo de sus hojas, pues, como opinaba la comisión, "si el perfume que desprende el árbol como es de suponerse está formado en su totalidad del principio volátil del Laurus camphora, es casi seguro que será un buen medio de neutralizar los malos efectos de nuestros pantanos y lagunas". Los bálsamos debían su poder antiséptico a su volatilidad y aroma que disponían a la circulación —en contra del estancamiento— al mismo tiempo que disipaban el exceso de putrefacción en el cuerpo. Si los olores fétidos entraban en el organismo por medio de la inhalación causando efectos nocivos al interrumpir el flujo de la sangre por obstrucción de las venas y el aumento de la viscosidad de los humores, el aire perfumado por el eucalipto podía disiparlos y restablecer el fluir del cuerpo.
El eucalipto tenía además un efecto directo sobre el organismo como medicamento, y esto también era de considerarse como una razón para introducirlo en el valle de México y otros lugares de la República. El informe del Consejo Superior de Salubridad recomendaba el uso de las distintas preparaciones en los hospitales de la Beneficencia Pública, ya que la esencia o eucalyptol servía para sanar las bronquitis subagudas, la laringitis catarral, la tisis de marcha lenta, las pulmonías crónicas y las gangrenas pulmonares. El polvo y las píldoras hechas a partir del extracto alcohólico de las hojas eran aconsejados como tónico para los enfermos debilitados, y también en los casos de fiebres intermitentes, asegurando un gran éxito. Finalmente, los cigarros balsámicos eran recomendados para combatir las toses espasmódicas y el enfisema.
Así fue como los médicos promovieron en una primera etapa la introducción del eucalipto en México. Lo que no sabemos es si se plantaron los cincuenta y dos millones de árboles que proponía el doctor De Bellina. Con el tiempo, el uso medicinal del eucalipto fue cayendo en desuso, y su propagación en el país obedeció a otros impulsos.
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Referencias bibliográficas
Corbin A. 1982. Le miasme et la jonquille. Flammarion, París.
Archivo Histórico de la Secretaría de Salubridad y Asistencia. Fondo Salubridad Pública. Medicamentos. Caja 1. Expediente 19. 1874. Eucalyptus. Memoria del Dr. De Bellina sobre la intensidad del paludismo en México. 1882. Gaceta Médica de México, tomo 17, pp. 347, 352, 413.
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Nina Hinke
Universidad de París VII.
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como citar este artículo → Hinke, Nina. (2000). La llegada del eucalipto a México. Ciencias 58, abril-junio, 60-62. [En línea]
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Los niños son por naturaleza desagradecidos, cosa comprensible puesto que no hacen más que imitar a sus amantes padres; así, los niños de ahora vuelven de la escuela, aprietan un botón y se sientan a ver el teledrama del día, sin ocurrírseles pensar un solo instante en esa maravilla tecnológica que representa la televisión. Por eso no será inútil insistir ante los párvulos en la historia del progreso científico, aprovechando la primera ocasión favorable, digamos el paso de un estrepitoso avión a reacción, a fin de mostrarles los admirables resultados del esfuerzo humano.
El ejemplo del “jet” es una de las mejores pruebas. Cualquiera sabe, aun sin haber viajado en ellos, lo que representan los aviones modernos: velocidad, silencio en la cabina, estabili-dad, radio de acción.
Pero la ciencia es por antonomasia una búsqueda sin término, y los “jets” no han tardado en quedar atrás, superados por nuevas y más portentosas muestras del ingenio humano. Con todos sus adelantos esos aviones tenían numerosas desventajas, hasta el día en que fueron sustituidos por los aviones de hélice. Esta conquista representó un importante progreso, pues al volar a poca velocidad y altura el piloto tenía mayores posibilidades de fijar el rumbo y de efectuar en buenas condiciones de seguridad las maniobras de despegue y aterrizaje. No obstante, los técnicos siguieron trabajando en busca de nuevos medios de comunicación aún más aventajados, y así dieron a conocer con breve intervalo dos descubrimientos capitales: nos referimos a los barcos de vapor y al ferrocarril. Por primera vez, y gracias a ellos, se logró la conquista extraordinaria de viajar al nivel del suelo, con el inapreciable margen de seguridad que ello representaba.
Sigamos paralelamente la evolución de estas técnicas, comenzando por la navegación marítima. El peligro de los incendios, tan frecuente en alta mar, incitó a los ingenieros a encontrar un sistema más seguro; así fueron naciendo la navegación a vela y más tarde (aunque la cronología no es segura) el remo como los medios más aventajados para propulsar las naves.
Este progreso era considerable, pero los naufragios se repetían de tiempo en tiempo por razones diversas, hasta que los adelantos técnicos proporcionaron un método seguro y perfeccionado para desplazarse en el agua. Nos referimos por supuesto a la natación, más allá de la cual no parece haber progreso posible, aunque desde luego la ciencia es pródiga en sorpresas.
Por lo que toca a los ferrocarriles, sus ventajas eran notorias con relación a los aviones, pero a su turno fueron superados por las diligencias, vehículos que no contaminaban el aire con el humo del petróleo o el carbón, y que permitían admirar las bellezas del paisaje y el vigor de los caballos de tiro. La bicicleta, medio de transporte altamente científico, se sitúa históricamente entre la diligencia y el ferrocarril, sin que pueda definirse exactamente el momento de su aparición. Se sabe, en cambio, y ello constituye el último eslabón del progreso, que la incomodidad innegable de las diligencias aguzó el ingenio humano a tal punto que no tardó en inventarse un medio de viaje incomparable, el de andar a pie. Peatones y nadadores constituye así el coronamiento de la pirámide científica, como cabe comprobar en cualquier playa cuando se ve a los paseantes del malecón que a su vez observan complacidos las evoluciones de los bañistas. Quizá sea por eso que hay tanta gente en las playas, puesto que los progresos de la técnica, aunque ignorados por muchos niños, terminan siendo aclamados por la humanidad entera, sobre todo en la época de las vacaciones pagas.
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Julio Cortázar
(Tomado de Último round, Tomo 1, Siglo xxi Editores).
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como citar este artículo → Cortázar, Julio. (2000). El tesoro de la juventud. Ciencias 58, abril-junio, 75. [En línea]
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