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Las tres hipótesis macroecológicas de Francisco Javier Clavijero
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Héctor T. Arita
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Se dice que la lejanía y la nostalgia exacerban el espíritu nacionalista de las personas. Esta aseveración resulta evidentemente cierta al leer algunos pasajes de la Historia antigua de México, obra del jesuita mexicano Francisco Javier Clavijero. Escrita desde la agobiante distancia del exilio, la Historia antigua refleja en cada uno de sus trescientos trece capítulos la terrible añoranza y el encendido nacionalismo que el alejamiento había producido en su autor. Clavijero, a sabiendas de que la diversidad de colores, fragancias y sonidos de su tierra natal era un placer para él vedado, abrió su corazón en las cientos de cuartillas de su manuscrito y produjo una de las primeras obras auténticamente mexicanas, varios años antes de que México, como nación independiente, comenzara a existir.
Francisco Javier Clavijero nació en Veracruz en 1731. Desde la infancia tuvo la oportunidad de entrar en contacto directo con la riqueza de la tierra y con la enorme diversidad biológica y cultural de la Nueva España. Su dominio de las lenguas indígenas, particularmente del náhuatl, le abrió el camino para conocer de primera mano la cultura mexicana y para amarla profundamente. En 1748 ingresó a la Compañía de Jesús y dedicó su vida a la filosofía y la enseñanza en varias ciudades de la Colonia. Tras la orden de expulsión de los jesuitas del territorio dominado por los españoles, Clavijero abandonó la Nueva España en 1767 y se exilió en Bolonia, Italia.
En Bolonia, inspirado por el estimulante ambiente intelectual y "para restituir a su esplendor la verdad ofuscada por una turba increíble de escritores modernos", Clavijero escribe la Historia antigua, publicada primero en italiano, en 1780, y complementada al año siguiente con nueve disertaciones que en conjunto constituyen una ardiente apología de la naturaleza y de los pueblos americanos. La "turba increíble de escritores" a la que se refiere Clavijero estaba encabezada por dos escritores destacados del Siglo de las Luces: el naturalista francés Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, y el antropólogo holandés Cornelius de Paw.
Dentro del espíritu crítico de la ilustración, estos autores habían querido encontrar evidencias de la inferioridad de los pueblos americanos y de la tendencia de los animales a degenerar en el Nuevo Mundo. Al escribir la Historia antigua, Clavijero asevera: "Me he propuesto como principal objeto la verdad", y dedica amplias secciones de su libro a refutar las denigrantes especulaciones de los europeos. Clavijero es particularmente virulento al criticar las afirmaciones que Paw había publicado en sus Recherches philosophiques sur les américains. Paw, escribe Clavijero, "copia en gran parte las opiniones de Buffon, y, cuando no las copia, multiplica y aumenta los errores". Por el contrario, el jesuita mexicano no oculta su admiración por Buffon, a quien llama "el más diligente, el más hábil y el más elocuente naturalista de nuestro siglo", aunque más adelante acota: "pero como el asunto que trata es tan vasto, no es de admirar que a veces errase o se olvidase de lo que antes había escrito, principalmente sobre América". El asunto al que se refiere Clavijero es la naturaleza de los animales del Nuevo Mundo, que en varias secciones de la Histoire naturelle de Buffon son considerados como especies degeneradas debido a la supuesta pobreza de las tierras americanas.
La cuarta disertación de Clavijero, "Animales del reino de México", es un sesudo ensayo en el que se comparan las faunas de América con las del Viejo Mundo. En su intento por refutar a Buffon y demostrar la falsedad de la supuesta inferioridad de los animales americanos, Clavijero plantea ideas que en términos modernos podrían considerarse hipótesis macroecológicas. La macroecología, término acuñado apenas a finales de la década de los ochentas del siglo xx, es el estudio de la forma en la que las especies se reparten los recursos a nivel continental. Las comparaciones que hace Clavijero entre el Viejo y el Nuevo Mundo en cuanto a la composición y estructura de sus faunas caen dentro de esa definición. Obviamente, los datos disponibles por Clavijero y su método analítico poco se parecen a lo que los macroecólogos modernos rutinariamente utilizan. Aun así, resulta interesante plantear la cuarta disertación del jesuita en términos macroecológicos. Diversidad de especies
Buffon, en su Historia natural, describe doscientas especies de cuadrúpedos (mamíferos) en todo el mundo. De éstos, de acuerdo con el naturalista francés, ciento treinta habitan el Viejo Mundo y sólo setenta moran las tierras americanas. Si de estas setenta especies se restan las treinta que son comunes a los dos continentes, resulta que la fauna americana cuenta con sólo cuarenta cuadrúpedos propios. Buffon, a partir de este simplista cálculo de la biodiversidad, concluye que en América "ha escaseado prodigiosamente la materia", lo que en términos modernos significa que la diversidad de especies es menor en el Nuevo Continente.
Clavijero refuta esta conclusión con varios argumentos. En primer lugar, dice el mexicano, Buffon ignora varias especies ampliamente conocidas en América, entre ellas el coyote, que no aparece en las listas elaboradas por el conde francés. En segundo lugar, arremete Clavijero, no hay razón para que de las setenta especies americanas se sustraigan las treinta formas que son comunes a los dos continentes. Adicionalmente, argumenta el jesuita, si el continente americano constituye sólo una tercera parte de las tierras emergidas del mundo, no es de extrañar que habiten en él menos especies que en las dos terceras partes restantes. Finalmente, remata Clavijero sacando a la luz su condición de hombre de Dios, todos los animales que hay hoy en América debieron haber pasado del viejo continente, como "deben confesarlo todos los que tengan respeto a los Libros Sagrados". Si el arca de Noé, argumenta Clavijero, hubiese parado en los Andes y no en el monte Ararat, entonces el Nuevo Mundo tendría más especies que el antiguo continente.
Los datos actuales
En otra parte de su Historia natural, Buffon afirma que los cuadrúpedos americanos son más pequeños que su contraparte del Viejo Mundo y que el mamífero más corpulento de las Américas es el tapir. Clavijero basa su caso en favor de la fauna americana en el hecho de que para su comparación, el conde francés no había considerado algunas de las especies más grandes de América, como los bisontes, las morsas, los alces y los osos. Sin embargo, es claro que la fauna actual del viejo continente incluye más especies de tamaño colosal que el continente americano. En el Nuevo Mundo, el campeonato de los pesos pesados entre los mamíferos terrestres es disputado por el alce y los osos polar y café (en su variedad Kodiak), los cuales alcanzan pesos cercanos a los setecientos cincuenta y ochocientos kilogramos. Aun estos gigantes americanos palidecen ante la enormidad de los elefantes (hasta 7.5 toneladas para la especie africana), de las jirafas (hasta 5.5 metros de alto) y de otros animales que rebasan con facilidad el peso de una tonelada, como los rinocerontes y el hipopótamo. Sin duda, los mamíferos terrestres vivientes más grandes pertenecen al Viejo Mundo.
Por supuesto, una comparación válida entre los tamaños de las especies tendría que darse entre formas equivalentes en los dos continentes. En uno de los pocos trabajos en los que se realiza tal comparación se encontró que los murciélagos no insectívoros del Viejo Mundo (familia Pteropodidae) son definitivamente más grandes que su contraparte americana (familia Phyllostomidae), aunque la densidad poblacional de estos últimos es significativamente más alta, lo que produce que en promedio la biomasa total sea más o menos la misma en los dos continentes.
Asimismo, un aspecto que tendría que considerarse al comparar la distribución de tamaños de las faunas de los dos mundos es la extinción masiva de las especies de mayor tamaño que se dio en todos los continentes, con la excepción de África. Hasta hace unos pocos miles de años existían en América mamíferos de talla enorme que competían favorablemente con los colosos africanos.
Las especies sin cola
Las figuras de los animales del Nuevo Mundo, escribió Buffon, "son imperfectas… y parecen haber sido desatendidas". La mayoría de las especies de América, de acuerdo con el francés, carece de colmillos, cuernos y colas, y existen, según él, animales tan miserablemente formados, como el perezoso y el hormiguero, que difícilmente pueden moverse y alimentarse. Para refutar al connotado filósofo francés, Clavijero presenta una serie de contraejemplos salpicados con ironía y datos sacados de su experiencia directa con los animales americanos. Para rematar, el jesuita presenta una tabla en la que demuestra que entre las especies mencionadas en la Historia natural del noble francés hay catorce mamíferos del Viejo Mundo que carecen de cola, mientras que sólo se mencionan seis especies americanas sin tal apéndice.
Si el clima de América es tan pernicioso, escribe sarcásticamente Clavijero, ¿por qué existen cuatro especies de monos del Viejo Mundo que carecen de cola, mientras que todas los primates de la América la poseen? Según una teoría reciente, propuesta para explicar esta diferencia, los bosques tropicales de América son más frágiles (en el sentido de falta de robustez física) que los del Viejo Mundo debido a la presencia de elefantes en Asia y África. Las ramas de los árboles del viejo continente serían, de acuerdo con esta teoría, más resistentes porque estarían sometidas a la continua perturbación causada por los elefantes. Siendo las ramas de América más frágiles, los bosques del Nuevo Mundo estarían habitados principalmente por especies arborícolas pequeñas, la mayoría con colas prensiles. Por el contrario, en los bosques tropicales de Asia y África, los animales arborícolas podrían ser, en promedio, de mayor talla y sin cola prensil.
La controversia entre Buffon y Clavijero, en la que se mezclan elementos nacionalistas y religiosos con los científicos, es un capítulo interesante en la historia del conocimiento sobre los patrones de distribución de la biodiversidad. Más aún, algunas de las hipótesis planteadas implícitamente en los trabajos de los dos pensadores podrían ponerse a prueba en el contexto moderno de los estudios comparativos de las faunas continentales. Sin pretenderlo, Clavijero podría haber contribuido al desarrollo de la macroecología, más de dos siglos antes de que esta disciplina hubiera surgido.
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Referencias bibliográficas
Clavijero, F. J. 1780. Historia antigua de México. Porrúa, Colección Sepan cuantos…, México, 1991.
Gaston, K. J. y T. M. Blackburn. 2000. Pattern and Process in Macroecology. Blackwell Science.
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Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México
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como citar este artículo → Arita, Héctor T. (2001). Las tres hipótesis macroecológicas de Francisco Javier Clavijero. Ciencias 60-61, octubre-marzo, 25-27. [En línea]
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| imago | ||||
| Caligrafía de las cosas | ||||
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Hermann Bellinghausen
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1. Los retratos de cosas, que no naturalezas muertas, ocurren en el suelo; a ras de ojo, repollo, rastrojo y carrizo. Lazo, escoba, comal y agua son, por delante de la creencia, la cosa misma, su poder de alma en la cosa. Su significado, la creencia, está en la imagen misma.
En este sentido, las fotos de Maruch Sántiz Gómez son iconografía, la representación de un conocimiento. En tzotzil, la imagen no necesita explicación, le basta llamarse. Tzu, o calabaza en el umbral, invoca al perro perdido.
No hace falta señalar la belleza formal de estas fotografías. Siguen la línea existencial de la comunidades chamulas, que con su aparente sencillez incorporan entorno. La obstinación de la mujer tzotzil por bordar su vestimenta, coser la lana de su falda, obedece a una joie de vivre, también manifiesta en las viviendas, en la disposición de las precarias pertenencias de su vida rural, la caligrafía que dan los objetos.
2. ¿Qué hace a la obra de arte? ¿Su construcción armónica en el espacio de gracia, donde nada falta, nada sobra? La soga de Maruch es un soneto de Quevedo, comparte la misma exactitud de sílabas, la misma entonación en el recuerdo. La fronda seca de una rama invertida es ya la historia toda de hechizos y casas barridas a deshoras, polvareda de la equivocación, lo que los clásicos llamarían un "drama rural", la fatalidad desatada.
Maruch registra en su código fotográfico las creencias habituales de su pueblo que llenan de calor los signos de la vida. Ni que fuera para tanto.
3. Si los puercos bailan, es que va a llover ese día. Lectura de los signos y sistematización de la fábula, el ánimo ejemplar, mas no moralista de las creencias tzotziles, respira lo que sí y lo que no se ha de hacer. Consideran la fatalidad, y la manera de prevenirla.
Es malo vernos en el espejo en la noche, porque se tapa uno de la vista. El espejo, el telar, el cesto, el chayote, la soga, la peineta, el perro muerto y las hojas de bejao son retratos al ras, vistos de la única manera que se mira al suelo: de arriba.
Los objetos parlantes que parecen mudos constituyen un pequeño cosmos, en la apretada extensión del predio familiar de Maruch Sántiz.
Le sirven de modelos su madre, su hermanito, sus borregos, perros, gatos, puercos y pollos. Es malo soplar en la boca de un niño porque nos muerde. Estas consejas ilustradas son a fin de cuentas un breviario del sentido común enfrentando al capricho de la fatalidad y la creencia.
Un manual de prevenciones prácticas que refleja la mentalidad de un pueblo familiarizado con lo sobrenatural.
La visualización de los temores, los sueños y las equivocaciones opera como un conjunto. Una negación. Estamos viendo lo que no debíamos ver, para que no lo veamos nunca.
4. El arte moderno se ha preocupado por las texturas, y hoy que busca materializarse en instalaciones, recibe las texturas por añadidura. Merced a los objetos que instala. La representación casi zen de Maruch, compuesta de suelo, una cesta con chiles secos (bek'ich) y la criba de su sombra remite, por el camino de la prohibición ("malo sonar las semillas del chile"), al crepitar de sombra que, en su mudez inmóvil, sentimos escuchar.
Las imágenes de Maruch Sántiz son hospitalarias, no nos andan regateando su sentido, y menos aún sus apariencias.
En el pensamiento tzotzil el concepto está en la cosa. Ni siquiera Dios es abstracto; por eso los misioneros, en su cerrazón colonial, los consideran paganos.
La prohibición va implícita entre el tarro del agua y las tortillas trazadas sobre el comal, un comal luminoso, lunar. El tizón y las cenizas sobre la tierra son el firmamento, un delicado apocalipsis sideral.
5. La esfera rural de los tzotziles aún no alcanza, pese a los esfuerzos públicos y privados, el paraíso de los desechos industriales. Aquí los objetos no son desechables. Una lata abierta dura años en servicio, una bolsa de plástico tiene ocho vidas.
La carga práctica y simbólica de cada cosa, como los parajes, es muy grande. El campo tzotzil, cada recodo del camino tiene nombre, su propia lumbre; ciertas piedras grandes, las lomas y promontorios, los agujeros del terreno. Y una vida. Cada cosa tiene vida propia. Las patas muertas de un pollo hablan de niños vivos, un pollo vivo y las garras inescapables del castigo.
6. Y dice la voz de la traición que si dejas la mazorca a medio desgarrar, el temible tzucumo (gusano azotador) pisará tus ropas. Y si pasas sobre el telar, se enredarán los hilos del bordado. Cada cosa un mundo. "Cada cosa es Babel" escribió Eduardo Lizalde: "Ésta es la cosa muda, el trino degollado / que me lleva por el nombre / dice el nombre, un aura, / y propala esta gloria, / esta razón de mago es la cocina, / denso estar de la cosa entre las cosas / por el mundo".
Si el niño babea, se le pasan por la boca tres libélulas. Si se sopla el fuego con un sombrero, el dueño sentirá mareo. Si una persona ronca, se le mete una cola de lagartija por las fosas nasales.
El mundo no tiene que ser más grande que el patio de una casa campesina para ser inmenso, poblado de presencias.
7. El lenguaje universal de la fotografía, como todos los instrumentos de la técnica (video, computadoras, cine, estudios de grabación sonara) llega siempre, más temprano que tarde, a la evidencia de no ser ningún esperanto.
En manos del verdadero artista, la técnica adquiere un acento único, nuevo y revelador; dice lo que nadie más podrá decir.
Maruch Sántiz Gómez, de Cruztón, chamula, no lejos del santuario de Tzontehuitz, accede, sola y su magia trae su firma.
Maruch Sántiz no es la primera en retratar las cosas, pero lo hace como si fuera. Tampoco Cézanne fue el primer hombre que veía una manzana.
Nota
Texto que acompaña a las fotografías de Maruch Sántiz en el libro Creencias de nuestros antepasados.
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Hermann Bellinghausen
Poeta, cronista y reportero del diario La Jornada.
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como citar este artículo → Bellinghausen, Hermann. (2001). Caligrafía de las cosas. La fotografía de Maruch Sántiz Gómez. Ciencias 60-61, octubre-marzo, 126-127. [En línea]
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Jesús Galindo Trejo
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En mayo de 1999, en los medios de difusión se informó de un hecho vergonzoso para un país como México, el cual se jacta de estar orgulloso de sus raíces prehispánicas. En un albergue del Departamento del Distrito Federal fue localizado un hombre de aspecto indígena que desde hacía nueve años, debido a que su lenguaje no era entendido por los encargados del albergue, había sido declarado deficiente mental. Esta persona llegó ahí después de haber sido atropellada por un automovilista y siempre se pensó que los golpes que recibió en la cabeza fueron los que ocasionaron su aparente locura y lo ininteligible de su habla. Mucho tiempo después, gracias al personal del Instituto Nacional Indigenista, que usó una colección de registros grabados de las lenguas autóctonas de México, fue posible determinar que dicho individuo no hablaba español, sino otomí; simplemente no sabía hablar el idioma oficial de México, pero sí uno de los más antiguos hablados en esta tierra. Se especula acerca de si los habitantes de Cuicuilco y Teotihuacan habrían hablado otomí o si el gran poeta Nezahualcóyotl tenía a este idioma como materno. Durante la Colonia la Universidad Pontificia tuvo cátedras de náhuatl y de otomí.
El infortunado monolingüe (como la mayoría de los mexicanos que sólo hablamos español) había llegado de su pueblo, ubicado en el estado de Veracruz, y su familia ya lo había dado por muerto y sepultado. Lo notable de esta situación es que no se trataba de un caso único, pues tres mujeres monolingües habían sido localizadas padeciendo una situación similar; una de estas mujeres ya tenía diez años de vivir en un albergue, sin embargo, aún se hacían esfuerzos para identificar el idioma que hablaba.
La riqueza cultural que representa un idioma vivo, como los hablados en el pasado y en la actualidad en México, pasa inadvertido para la mayoría de los mexicanos, pues antes se prefiere aprender algún idioma extranjero que conocerse a sí mismo a través de los idiomas de nuestros ancestros. No obstante, el español hablado en nuestro país se ha impregnado de palabras y estructuras heredadas de los idiomas autóctonos, por eso resulta bien diferente al resto del español que se habla en el continente. Quizá por eso los mexicanos, en su inconciencia lingüística involuntaria, expresan su origen prehispánico al hablar; sin embargo, valdría la pena rescatar conscientemente nuestros idiomas, aún pa-trimonio de todos los mexicanos.
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Jesús Galindo Trejo
Instituto de Astronomía,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo → Galindo Trejo, Jesús. (2001). Idioma y conciencia. Ciencias 60-61, octubre-marzo, 141. [En línea]
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